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Harried Binet, oficial de Prensa, y Shaista Aziz, miembro del equipo de Respuesta Rápida de Oxfam Internacional -Intermón Oxfam en España-, estaban en Beirut evaluando la situación sobre el terreno.
Sus experiencias día a día (en inglés).
Texto de Harriet Binet.
Ahmed, de doce años de edad y residente en Qalaouiye -ciudad situada al sur de Borj-, representa el brillante futuro de Líbano. Él y su familia sobrevivieron a un largo mes de guerra y en estos momentos está intentando poder volver a la escuela. Él ha tenido suerte, su escuela y su casa se encuentran todavía en pie. “Mis asignaturas favoritas son las matemáticas, la física y la química”, comenta con orgullo en inglés. “Cuando crezca quiero ser profesor de electrónica y química”.
Cuando le conocí, él y sus compañeros estaban jugando en la calle, cerca de su casa, con un trozo de una bomba israelí del tamaño de un plato.
Han pasado tres semanas desde el alto al fuego y las fuerzas de pacificación de la Unión Europea están asentadas en el sur, pero Líbano es todavía un país sitiado. Ahmed apunta hacia el cielo para señalarme el zumbido de un avión israelí sobre nosotros. Yo había oído un leve sonido parecido al de un avión pero era apenas perceptible. Al concentrarme pude escucharlo claramente pero era demasiado alto. Ahmed explicó que este zumbido había sido constante en las últimas 24 horas. Sabe perfectamente que si el avión identifica “un objetivo” podía lanzar dos misiles capaces de destruir un coche y a cualquiera que viaje en él, pero no parecía preocupado. No comprendo el modo en que estos niños se enfrentan al estrés y la tensión de una guerra.
Aunque en menor medida que en Irlanda del Norte, Líbano está haciendo todo lo posible para volver a la “normalidad” pero se enfrenta a una fase de recuperación larga y costosa. Una parte de la gente dice que la guerra ha retrasado el desarrollo del país unos 15 años, otros dicen que 30 y otros opinan que tal vez más.
La problemática está en la negativa de Israel de terminar con el bloqueo marítimo. Básicamente Israel controla el espacio aéreo de Líbano y sus rutas marítimas, decidiendo quién puede entrar y quién no al país. Este bloqueo está ahogando la economía del país como si de un enfermo privado de oxigeno se tratara.
Un equipo de ingenieros de Oxfam visitó la ciudad de Ahmed para hablar con los dirigentes locales sobre las condiciones de abastecimiento de agua que sufre esta localidad. Los bombardeos han causado múltiples daños en cañerías y las bombas de agua, destruyendo los depósitos y los generadores. Los ingenieros de Oxfam necesitaban conocer primeros la realidad de los daños ocasionados para poder decidir la mejor manera de trabajar con esta comunidad.
En la localidad de Ahmed lo primordial es conseguir gasolina para el generador de emergencia que pondrá de nuevo a funcionar la bomba de agua. Oxfam pagará las entregas de combustible. La escasez es continua pues el ejercito israelí parece haber apuntado a las estaciones de servicio en sus bombardeos. En la ciudad de Baalbek, en el noroeste de Beirut, quedó un camino intacto con excepción de tres gasolineras elegidas con precisión. Cerca de las afueras de la ciudad dos industrias también fueron de especial interés para los israelíes, una central lechera y una fábrica de cerámica, ambas importantes generadoras de empleo en una región con la economía bastante hundida. También en el valle de Bekaa las industrias lácteas fueron bombardeadas apartando del mercado a sus granjeros.
Al parecer el año pasado la compañía había ganado a la competencia israelí un contrato para suministrar sus productos a la Unión Europea durante los próximos 30 años. Me quedé asombrada al comprobar que los objetivos estaban tan bien elegidos.
En otra localidad cercana fue alcanzado otro negocio, en este caso fue una granja de pollos. La granja tenía el tamaño de un campo de fútbol. Miles de pollos y grandes cantidades de cereal quedaron esparcidas por todas partes. El propietario de la fábrica no se encontraba en el lugar cuando esto ocurrió. Ahora ha perdido su sustento y ha dejado la ciudad, según los funcionarios locales.
Los restos de animales podridos, agravado por el clima húmedo y cálido, ha provocado plagas que son ahora el problema más importante.
En tres poblaciones del sur de Líbano, Oxfam ha capacitado a 14 trabajadores locales para el uso de pesticidas no agresivos que ayuden a mantener la situación bajo control. El objetivo es prevenir el problema antes de que ocurra. Para tal fin, 1.800 kits de higiene han sido distribuidos para ayudar a la gente a mantener sus hogares en buenas condiciones de salubridad, libres de basuras y desperdicios. En la ciudad de Srifa, en el sur, una de las ciudades más bombardeadas, el hedor a basura podrida lo abarca todo. Oxfam pagará a un contratista local para que extraiga todos estos montones de desperdicios antes de que lleguen a causar problemas en la salud de los habitantes.
Durante el regreso a Beirut, después de dos calurosos días trabajando con nuestros equipos en el sur, pregunté a nuestro chófer Mohammed, de 23 años de edad, sobre la vida en Líbano. Al igual que otros muchos jóvenes con los que he hablado, es pesimista con su futuro. El conflicto que envuelve a Líbano desde hace tantos años ha provocado que muchos de sus mejores profesionales emigren a países como Australia y Brasil para ejercer sus habilidades empresariales. También Mohammed está buscando la manera de salir de Líbano aunque se encuentra en la encrucijada entre la búsqueda de un futuro profesional o quedarse al cuidado de su madre anciana y su hermano. Ha empezado a trabajar en la industria hostelera y desea poder ascender en su puesto pero las oportunidades son muy escasas en una economía tan destruida. Y además, ahora que los turistas han abandonado los hoteles y 'resorts' de la costa de Líbano, aún hay menos oportunidades.
“Aquí puedo ganar lo suficiente para comer y beber pero no es suficiente para vivir. A mi me gustaría ir a Dubai donde se encuentran mejores trabajos. Creo que iré si la suerte me sonríe, dice Mohammed.”
El gobierno libanés estima en miles de millones los daños estructurales y pérdidas económicas, y éstos pueden aumentar si el bloqueo no cesa.
Los donantes internacionales se han reunido en Estocolmo esta semana para discutir el financiamiento de la primera fase de la reconstrucción de Líbano y han prometido la entrega de miles de millones. Los donantes internacionales tienen el récord en irregularidades de este tipo así que deseamos que esta donación se haga realidad. Una inyección de fondos es imprescindible para ayudar a esta nación abatida y a muchos jóvenes, como Mohammed y Ahmed, para que tengan un futuro en su propio país. Por una vez, esperemos que “la suerte sonría” a Líbano.
Ayer por la noche me encontraba en la cafetería de Lina, en la zona Al Hamra de Beirut, junto a dos buenos amigos tomando un café y poniéndonos al día cuando se produjo una gran explosión en algún lugar de la ciudad. Las ventanas de la cafetería temblaron durante unos segundos e inmediatamente se produjo un gran silencio. El pánico y la angustia se reflejaba en la cara de todos los presentes. Mi amiga Cilina, una periodista libanesa, llamó por teléfono para intentar saber dónde se había producido la explosión y Shanheen, uno de mis compañeros en Oxfam Internacional, y yo nos quedamos sentados durante unos instantes asimilando qué había pasado y pensando que muchas personas habrían muerto o quedado heridas en el momento que la bomba cayó y destruyó sus hogares.
Shanheen estaba visiblemente afectado. Habiendo vivido en Beirut cinco años, como yo, está familiarizado con el país y, al igual que yo, le es muy difícil digerir qué es lo que está pasando diariamente en las calles y en los barrios de nuestro alrededor, así como en el resto de este maravilloso país. Ésta es una guerra sucia y horrible que muchos contemplan a través del televisor de la sala de estar las 24 horas del día. Día tras día noto cómo las cosas van a peor y cada vez la situación es más peligrosa. Día tras día soy consciente que la gente está perdiendo toda esperanza de una salida pacífica a esta guerra.
Unos veinte minutos más tarde Aljazeera empieza a ofrecer imágenes de los barrios del sudeste de Beirut que han sido atacados. Se trata de las mismas imágenes, pero diferentes víctimas. Se apelotonan en mi mente como una neblina. Muchas veces, cuesta recordar el número de ataques israelíes sobre un país que ya está roto.
Leo en la web de la BBC que el ejército israelí ha lanzado en un solo día 80 ataques distintos contra Líbano. Parece surrealista haber oído una explosión tan cerca y haber visto sus efectos en directo veinte minutos más tarde por televisión. Me ha llevado un tiempo asimilar los dos acontecimientos. Mientras las cámaras de televisión emiten imágenes de cuerpos de personas machacados entre las ruinas de los edificios destruidos por la potencia de las bombas, empiezo a sentirme enferma.
La gente sólo usaban sus manos para excavar en el cráter abierto en la tierra, el que se había tragado a las víctimas. Una mujer señalaba y gritaba a cámara. Las noticias han dicho que, al menos, cuarenta personas han muerto o resultado heridas en el ataque. Me sentía agarrotada. Las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos pero no tengo ni energía para llorar y, además, ¿de qué sirve llorar? Sólo he estado aquí diez días. ¿Qué derecho tengo a llorar cuando todas las personas que me rodean intentan actuar de manera normal y seguir con sus vidas? Miré a Cilina y Shaheen, los dos pálidos y pensativos. Decidimos que era hora de emprender el corto viaje de vuelta al hotel.
Esta mañana Shaheen y yo tomamos un taxi para visitar a una de las organizaciones libanesas con las que trabajamos, NAVTSS, a quince minutos de distancia de nuestra oficina. Había recibido una llamada ayer de Sukaina, la directora de la organización, diciéndome que viniera y conociera a una de nuestras colegas. Ha descubierto que su madre, padre y hermana han muerto cuando su pueblo fue bombardeado en el sur de Líbano. Aún conmocionada por los acontecimientos de la noche anterior, y de los últimos diez días, me metí como pude en el taxi para reunirme con nuestra colega y conseguir más información sobre lo que le había pasado a su familia. Shaheen y yo fuimos recibidos por Laura, una de las empleadas de NAVTSS que nos condujo a la oficina, en el segundo piso. La oficina parecía mucho más ajetreada de lo normal, con varios niños que corrían por todas partes del vestíbulo. Laura nos explicó que la oficina ahora estaba albergando a varias personas desplazadas y a sus familias, ya que no tenían ningún otro lugar a donde ir. Laura me presenta a nuestra colega Mariyam Akeel, de 33 años, y a su hermosa hija Malak (“ángel” en árabe) de cuatro años.
Al mismo tiempo que Mariyam me contaba cómo su familia fue asesinada tras un ataque militar israelí a su pueblo, Al Joubein, Malak -subida sobre sus rodillas- acercaba su cara a la de su madre y la besaba con cuidado mientras las lágrimas iban cayendo por el rostro de Mariyam.
Mariyam es una viuda que tiene que cuidar sola de Malak. Tres miembros de su familia han muerto en el ataque y el resto de familiares está demasiado ocupado en sacar adelante a sus propios hijos en medio de esta guerra. Apenas tienen dinero para alimentarse y hacerse cargo de dos bocas más.
Mariyam me cuenta que cuando escuchó las noticias sobre los soldados israelíes siendo secuestrados por Hizbollah, supo que Israel tomaría represalias y que el primer lugar donde atacarían serían los suburbios del sur de Beirut, considerados zonas de Hizbollah. Mariyam decidió que debía marcharse inmediatamente y se dirigió a casa de un pariente en Beirut. Al cabo de unos días, los militares israelíes habían empezado a atacar los suburbios del sur de Beirut y del sur de Líbano. Más parientes llegaron a la casa familiar de Beirut.
"Me siento muy sola y asustada. No tengo ni idea de qué le pasará a mi hija ahora que mis padres y mi hermana han muerto... " La voz de Mariyam se apaga y empieza a sollozar otra vez. Laura le toma la palabra y describe cómo hace unos días alguien de su pueblo se puso en contacto con Mariyam para informarla de que sus padres y su hermana habían muerto cuando un avión militar israelí había lanzado un cohete sobre su casa. Le dijeron que la casa familiar había sido destruida en el ataque y que era demasiado peligroso intentar buscar los cuerpos de su familia para enterrarlos con dignidad. “No entiendo por qué nos está pasando esto. Tengo 33 años y ya he vivido tres guerras. Ahora mi hija, que sólo tiene 4 años, está viviendo una. Estamos cansadas. Lo único que queremos es que todo esto acabe y así poder seguir con nuestras vidas. Queremos paz, queremos vivir en paz”.
“Mi hija vive preocupada todo el tiempo, ve a su madre llorar y no sabe qué hacer. Soy viuda y ahora he perdido a mis padres. Lo único que quiero para ella es un buen futuro, una buena educación. ¿Qué posibilidades tengo de proporcionárselo si han destruido nuestras casas, nuestras vidas?”
Mientras Mariyam habla conmigo, un joven entra en la habitación. Me dice su nombre, Mohammed Isa, y edad, 24 años. Es del pueblo de Tirazi, en el sur de Líbano. Ayer le contaron que tres de sus amigos, de su misma edad, murieron cuando un misil israelí alcanzó sus casas.
“Eran tres jóvenes inocentes, no hicieron nada malo y ahora están muertos”, dijo. “No puedo creer el giro que ha dado mi vida en estas últimas cuatro semanas. Me preocupan mucho los niños. Antes de esta guerra, los niños solían dibujar árboles, el cielo, sus padres y casas. Ahora pintan dibujos de misiles y cohetes, coches y edificios en pedazos. Es un desastre enorme y los niños están asustados y traumatizados”
Mariyam añade: “No quiero que mi hija odie, quiero que crezca y tenga una buena vida, un buen trabajo y un buen futuro. Ahora los niños están asustados, tienen miedo porque oyen las bombas caer y saben que sus padres no pueden hacer nada para protegerlos. Es desolador”.
Escribo esto a las dos de la mañana después de abandonar por el momento cualquier intento de dormir. Mi insomnio está pegando fuerte y ahora me arrepiento de haber tomado un capuccino tan tarde. Mientras escribo, Kofi Annan está condenando en la BBC los sucesos de Caná, que representan uno de los episodios más oscuros vividos hasta el momento en esta guerra brutal y sangrienta. Los canales de televisión árabes muestran continuamente las horribles imágenes del lugar, los cuerpos desmembrados de niños que son sacados de entre los restos de edificios machacados, los primeros planos de las caras de niños pequeños y de mujeres que lloran y gritan su dolor.
Ha sido un día muy intenso. Llevo en Beirut menos de 48 horas, pero parecen dos semanas. Esta medianoche, mientras intentaba dormir, he escuchado lo que parece el ruido de un avión. Unos minutos después he recordado que el aeropuerto de Beirut no está en funcionamiento y entonces he caído en la cuenta de que era el ruido de los aviones israelíes sobrevolando la ciudad. Me coloqué el hijab en la cabeza y salí al balcón de mi habitación para ver qué estaba pasando. No hay farolas encendidas por la noche en las calles de Beirut. Las apagan para ahorrar energía, por lo que es muy difícil ver algo.
El cielo es de un negro intenso y no he podido ver nada a pesar de que el ruido de los aviones era cada vez más fuerte. Llamé a Lina, una mujer libanesa maravillosa y una cooperante entregada que trabaja con una de las organizaciones locales con las que colabora Oxfam. Le pregunté si sabía qué pasaba. Me ha dicho que no tenía que preocuparme porque estábamos en una zona segura de Beirut. Ha quedado en llamarme más tarde para darme más información. A continuación llamé a mi compañera Natalie, que se aloja en una habitación unos cuantos pisos más debajo de la mía. Pensamos que no tenía sentido despertar al resto del equipo y que si los aviones empezaban a tirar bombas en los barrios del sur de la ciudad como habían hecho con anterioridad, me trasladaría a la habitación de Natalie. Un par de SMS después, decidimos quedarnos cada una en su habitación para tratar de dormir un poco. Evidentemente, yo no estoy cumpliendo mi parte del trato.
Esta tarde he ido con Lina a la plaza de los Mártires, en el centro de Beirut, para acudir a una vigilia en recuerdo de los que han muerto en Caná. Han asistido al menos 800 personas, que han ondeado la bandera libanesa y han portado pancartas condenando la violencia y pidiendo justicia. Algunos grupos de personas se han reunido para colocar sus velas bajo una pancarta pintada con los colores de Líbano en la que se podía leer “cuatro millones de libaneses secuestrados”, en referencia al tamaño de la población, y a la ira y la desesperación que sienten cada vez más gente. Se sienten atrapados en su propio país, sin manera alguna de escapar de una ola de violencia y terror que continua.
Los sucesos en Caná han colocado en el límite a la población de todo un país cansado y harto. Los libaneses son gente extremadamente resistente. Muchos siguen teniendo las cicatrices psicológicas de años de guerra civil, y muchos de ellos tienen también las cicatrices físicas de un conflicto que desgarró Líbano. Todas las personas con las que he charlado hoy hablan de su ira y su dolor al ver cómo destruyen Líbano. Las emociones están a flor de piel y se puede sentir en el aire la frustración. Lina y yo decidimos que es hora de marcharnos y reunirnos con el resto del equipo de Oxfam para planificar lo que haremos mañana.
Espero poder reunirme dentro de unas horas con Sukina y Lara, de NAVTSS, una de las organizaciones locales con las que trabajamos para atender a población desplazada y a los refugiados en Beirut. Teníamos planeado ir juntas a ver de primera mano cómo se está respondiendo a esta emergencia cuando empezaron a llegar noticias de Caná. Después comenzó el ataque al edificio de Naciones Unidas en el centro de Beirut por parte de un grupo de personas que protestaban por la masacre. Nuestro coordinador, Graham, decidió que lo mejor era regresar a nuestra oficina y esperar al resto de compañeros de Oxfam para volver juntos al hotel, de forma que pudiéramos intercambiar nuestras impresiones sobre las condiciones de estrés en las que estamos trabajando. Dos miembros del equipo estaban dentro del edificio de Naciones Unidas cuando fue atacado, pero la policía libanesa, finalmente, pudo trasladarlos a un lugar seguro.
Puedo escuchar el fuerte zumbido que llega de la calle, y me pregunto si debería molestarme en investigar de qué se trata. Vale, la curiosidad me puede. Voy a echar un vistazo ahí fuera. Creo que es un generador que ha vivido mejores momentos. También creo que ya es hora de intentar dormir un poco.
Dos o tres días después de que empezará el ataque israelí a Líbano, me reuní con un amigo que había viajado al país en los primeros momentos para ayudar en la evacuación de ciudadanos con pasaportes extranjeros. En esos primeros días, muchos no queríamos creer que esta agresión se iba a convertir en una guerra en toda regla contra la población de Líbano. Recordaba a 1975, cuando nuestros padres estaban totalmente convencidos de que estaban siendo testigos de simples escaramuzas que no durarían más que unos cuantos días. Aquellos enfrentamientos duraron más de 15 años y derivaron en una larga y agonizante guerra civil.
Volviendo a la conversación con mi amigo, en un momento dado hablamos sobre la posibilidad de un alto el fuego y mi interlocutor me dijo que era “improbable en este momento, a menos que ocurra algo espectacular, a menos que los israelíes lleguen demasiado lejos”. “¿Qué significa ir demasiado lejos en este contexto?”, pregunté. “¿No es suficiente lo que está ocurriendo?”. En aquel momento el número de muertos sobrepasaba los 200 y el aeropuerto y la mayoría de los puentes y carreteras habían sido bombardeados. “Bien –dijo mi amigo–, lo hemos visto en otras partes del mundo. Un día bombardearán una escuela o algún lugar lleno de civiles causando una catástrofe que el mundo no podrá ignorar. Sólo entonces será posible un alto el fuego”.
¿Ocurriría ahora lo mismo que pasó en abril de 1996, cuando Israel bombardeó a los civiles que habían buscado refugio en las oficinas de Naciones Unidas en Caná? Por un instante, ese pensamiento pasó por mi cabeza. En aquel momento Israel “había ido demasiado lejos”. El baño de sangre no pudo ser ignorado, y, como resultado, se declaró un alto el fuego.
Hoy, en el decimoctavo día de la guerra, ha habido una segunda masacre en Caná. El Ejército israelí ha atacado desde el aire esa localidad y ha bombardeado a sangre fría un edificio ocupado por civiles, la mayoría de los cuales eran mujeres y niños desplazados. A falta de datos definitivos, el número de muertos podría elevarse a cerca de 70, la mitad de ellos niños y niñas inocentes. Todavía hay civiles atrapados entre los escombros.
De esta forma, un pequeño pueblo del sur de Líbano ha sido objeto de dos carnicerías en tan sólo diez años. Las víctimas en ambos casos eran civiles pobres, inocentes y desarmados, la mayoría niños. Los responsables son los mismos. La comunidad internacional, como es habitual, no actúa, como si no le afectaran las terribles imágenes de esta carnicería aparecidas en televisión, a pesar de que están incluso censuradas.
Incluso cuando se les enfrenta con estos terribles ataques contra civiles desarmados e inocentes, escucho a los políticos occidentales y a los medios de comunicación regurgitar sus comentarios sobre “civiles usados como escudos humanos”, “el derecho de Israel a crear una zona de seguridad que garantice una calma relativa en su frontera norte”, o “la necesidad de eliminar el terrorismo”. De lo que hablan muy poco es de los que han muerto hoy y los que lo han hecho en los últimos 17 días.
No hay valentía alguna en atacar desde el aire a civiles, en destruir un país entero, en desplazar a sus residentes y en incitar al odio entre sus gentes, sólo hay un uso desproporcionado y cruel de la fuerza y la violencia.
En el decimoctavo día de la guerra de Israel contra Líbano, y después de esta masacre, me pregunto si este es el precio que hay que pagar por un posible alto el fuego. ¿Estaba la comunidad internacional esperando a que esto pasara? ¿Piensa la comunidad internacional que ya es suficiente? ¿Cuánto es demasiado, y cuándo se va “demasiado lejos”?
Llevamos 24 horas en Beirut. Ha sido un tiempo largo y tenso, con la guerra en Líbano intensificándose y el odio y la ira creciendo cada minuto en esta región del mundo. Los miembros del equipo de respuesta rápida de Oxfam Internacional llegamos a la capital libanesa ayer por la tarde, tras obtener el visto bueno de nuestra oficina central sobre las condiciones de seguridad del viaje desde Damasco. Son seis horas en coche, y las carreteras que llevan a Líbano están extrañamente tranquilas, con muy pocos vehículos circulando y aún menos gente en la calle.
En un verano normal en Líbano, el país estaría lleno de turistas familias de vacaciones que solían escapar a las montañas en busca de aire fresco o que se mezclaban con los turistas extranjeros que poblaban las bellas playas de Beirut. Pero este verano dista mucho de ser normal. Grandes áreas de Líbano han quedado destruidas por los continuos ataques israelíes sobre el país, que están afectado especialmente a las ciudades y pueblos del sur desde donde Hizbolá lanza cohetes sobre Israel.
Lo que se sabe es que en las tres últimas semanas han muerto 600 civiles en Líbano, y hoy ha sido uno de los días más oscuros en lo que llevamos de guerra. Acabo de hablar con una de las organizaciones con las que trabaja Oxfam Internacional en Sidón, en el sur de Líbano, y me han dado el número de teléfono de un hombre, Hamid Riddah, que vive cerca de Caná, donde los ataques aéreos israelíes se han repetido durante todo el día. Por ahora, se estima que han muerto 40 personas, y se cree que la mitad de ellas son niños. Hamid me ha contado que unas 100 personas desplazadas estaban refugiadas en un edificio de cuatro plantas que ha sido arrasado por varios ataques aéreos israelíes. Él ayudó a sacar a muchas de estas personas de entre los escombros, y contabilizó al menos 35 heridos. Algunos de ellos han sido trasladados al Hospital Najam, en Tiro. En estos momentos nos resulta imposible comprobar estos datos y verificar lo que cuenta Hamid Riddah porque la falta de seguridad nos impide viajar al sur del país para ver por nosotros mismos la magnitud del sufrimiento y las necesidades en esa región.
Tan sólo unos minutos después de que los canales en árabe hayan emitido imágenes de lo que ha ocurrido en Caná, las cosas se han puesto feas en el centro de Beirut. Una mil personas han marchado muy enfadadas hacia las oficinas de Naciones Unidas y han expresado toda su ira y su frustración intentando entrar. Durante estos incidentes dos cooperantes de Oxfam se encontraban dentro del edificio, asistiendo a una reunión de coordinación sobre las necesidades de suministro de agua y saneamiento para los cientos de miles de personas desplazadas dentro de Líbano por los ataques.
Mientras, yo estaba reunida con una de las organizaciones locales con las que trabajamos, y podíamos oír fuera las sirenas de los coches de policía, pero no supimos lo que ocurría hasta que el teléfono de Graham, el coordinador del equipo, sonó. Era uno de nuestros colegas que estaban dentro de Naciones Unidas, que nos informaba del ataque. Afortunadamente, todas las personas que se encontraban dentro del edificio habían sido evacuadas a un lugar seguro por la policía y el ejército libanés. Esperamos poder ver a nuestros compañeros de regreso en nuestra base en un par de horas para poder intercambiar información sobre todo lo que ha ocurrido hoy.
Hemos estado en Beirut menos de 24 horas e, incluso aunque el centro de Beirut es bastante tranquilo y seguro comparado con otras partes del país, la tensión se corta en el aire y está muy claro que las cosas van de mal en peor muy rápidamente. El taxista que nos ha llevado al hotel estaba tenso y agitado. Por todos lados ves a gente que está al límite, y ha habido muchos momentos del día en que he sentido que las cosas se ponían feas y, si tengo que ser sincera, debo decir que he tenido mis dudas sobre seguir aquí.
A Beirut le han arrancado el corazón. Se la conocía como el París del Oriente Próximo, pero ahora está lánguida, sin vida. Estuve aquí por esta época el año pasado, y el contraste no puede ser más extremo. Entonces, todo bullía de vida, con mujeres y hombres jóvenes y guapos que conducían sus coches a lo largo del paseo marítimo haciendo sonar una mezcla de pop árabe con hip hop estadounidense. Ahora ese paseo está vacío y por las noches se apagan las farolas de las calles para ahorrar energía. Es como pasar de la bulliciosa Leicester Square, en el corazón de Londres, a una aldea perdida en el campo. Decidí pasarme por una de las cafeterías que más me gustan de Beirut, el Café d’Orient, que tiene vistas al mar. He pasado muchas horas sentada con amigos en este magnífico lugar, relajándonos con un café árabe y poniéndonos al día sobre las últimas noticias de cada uno. El café estaba totalmente vacío y las luces apagadas. Asomé la cabeza por la puerta y llamé para ver si había alguien dentro. Pasé y encontré a Pierre, el hombre que regenta el lugar, sentado mirando las olas chocar contra la orilla. Parecía deprimido. El café, igual que Beirut, ha perdido el alma y no es ni la sombra de lo que era.
He viajado a Líbano muchas veces y en 2004 tuve la suerte de visitar con un grupo de amigos Caná, Soor, Tiro y Baalbek. Ha sido descorazonador ver las imágenes de la carnicería que está ocurriendo en todas estas ciudades y pueblos. Tengo recuerdos muy queridos de mis visitas en tiempos más felices. La familia de un amigo en Soor no me ofreció más que amabilidad y amor a pesar de que me veía por primera vez, y todo porque habíamos ido a visitarlos. Llevo tres semanas preguntándome por esta familia, por lo que le pueda haber pasado, si estarán todavía vivos.
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