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Diario desde terreno

Imagen: David Viñuales en las oficinas de Intermón Oxfam en Barcelona. Autor: Pablo Tosco / Intermón Oxfam
David Viñuales
, coordinador regional de Medios y Comunicación de Oxfam Internacional, está desplazado a Nicaragua conjuntamente con Humberto Meza, oficial de Incidencia Política de Intermón Oxfam. Desde allí nos relatan su experiencia en su visita las zonas más afectadas por el hurácan Félix.

17 de septiembre: Las casas están a merced del viento. Y lo pagaron

Parece que algún desalmado se hubiera entretenido en partir uno a uno los pinos que enmarcan el camino hasta la comunidad de Sinsín, a 35 kilómetros de Puerto Cabezas. Partidos como un lapicero en las manos de un niño de secundaria. Todos a la misma altura y todos en la misma dirección.

El paisaje es desolador para la región. Los kilómetros cuadrados de árboles caídos son deprimentes. Las autoridades ya hablan de 3.000 kilómetros cuadrados de masa forestal desaparecida. ¿Qué impacto puede tener eso para la región? ¿Qué consecuencias tendrá para el cambio climático?

Llegamos a la comunidad. Un área desprotegida. Las casas están a merced del viento. Y lo pagaron. Los techos azules son los que más abundan en Sinsín. Techos de plástico, provisionales, que suenan con el viento. Otras no tuvieron tanta suerte. Desde la cocina hasta el dormitorio matrimonial, toda la estructura está tumbada en el suelo.

Imagen: Macario Honely colocando un plástico que le sirva de techo. Autor: David Viñuales / Oxfam Imagen: Un miembro de la familia Berna entre los escombros de su casa. Autor: David Viñuales / Oxfam
Macario Honely coloca un plástico que le sirva de techo para los próximos meses. Su familia sufrió grandes pérdidas por culpa del huracán Félix. En su comunidad, ya hemos instalado un sistema de distribución que abastecerá de agua a más de 2.400 personas.
© David Viñuales / Oxfam
Las autoridades nicaragüenses afirman que hay más de 185.000 afectados por el huracán. Muchos han perdido sus casas, pero la mayoría han perdido todas sus cosechas. Como la familia de Berna, en la comunidad de Sinsín, a 35 kilómetros de Puerto Cabezas.
© David Viñuales / Oxfam

Ni siquiera la iglesia aguantó. Decenas de familias buscaron amparo bajo la edificación más grande de la comunidad. Pero cuando el viento empezó a llevarse las maderas del techo, todos tuvieron que salir corriendo: A la escuela o a la casa del reverendo. Esas dos estructuras aguantaron.

Oxfam Internacional ya ha instalado un sistema para suministrar agua a esta comunidad y a la cercana de Santa Marta. Alrededor de 7.500 personas se beneficiarán directamente de esta ayuda. Eso se suma a los alimentos que ya se están distribuyendo en otras zonas del nordeste del país. ¡¡¡Una zona afectada que tiene un tamaño cercano al de El Salvador!!!

 Imagen: Becky Flores sobre los escombros de su casa. Autor: David Viñuales Imagen: Un hombre con martillo se dispone a levantar una casa. Autor: David Viñuales / Oxfam  Imagen: Un hombre saca con una escoba el agua de su casa. Autor: David Viñuales / Oxfam
Becky Flores camina sobre los escombros de la casa de su abuela Samuela. La estructura no aguantó y la casa, de sólo tres años de antigüedad se derrumbó. “Lo hemos perdido todo”, asegura la abuela. 
© David Viñuales / Oxfam
Lejos de quedarse de brazos cruzados, los nicaragüenses demuestran sus ganas de salir adelante. Con lo que poco que han recuperado se ponen manos a la obra para levantar casas temporales.
© David Viñuales / Oxfam
Tras el paso del huracán, la población afectada está tratando de recuperar la normalidad lo antes posible. Para ayudarles en este momento, estamos distribuyendo comida e instalando sistemas de agua y saneamiento.
© David Viñuales / Oxfam

Samuela es una de las personas que se beneficiará. Ha vivido toda su vida en el mismo sitio. “Y nunca había vivido algo así”. Me habla sin desolación, sin sentimiento. Muchos hablan del impacto psicológico de Félix en la población y sus problemas para asimilar lo ocurrido. Quizá sus palabras sean un reflejo de ese impacto. No sé. Mientras sus nietos nos siguen a todas partes, me enseña su cocina echada a perder, su ropa podrida y, bajo los escombros de su casa nueva (“sólo tenía tres años”), la almohada de su cama.

A menos de doscientos metros, su vecina Berna me da una lección de solidaridad. Su cocina se cayó y su marido está tratando de darle una apariencia de normalidad al hogar con un plástico azul de techo. En un espacio reducido, dos habitaciones, se han apiñado tres familias. “Dormimos como chanchos”, me dice riéndose. Los últimos que se unieron fueron los seis hijos de Francisca, una vecina. “Su marido murió y está embarazada de seis meses. Tenemos que ayudarla”.


14 de septiembre: Las cosechas se han echado a perder

“Los pollitos salían lanzados como un ‘pitcheo’ de noventa millas”. Lo dice con una sonrisa en la cara pero reflejando el cansancio acumulado por una semana durmiendo en un albergue de una comunidad cercana. Santos Espino, su esposa Miriam y sus cuatro hijos, saben que todavía les espera un largo camino para recuperarse.

El huracán apareció en casa a las ocho de la mañana. Se refugiaron dentro, se refugiaron debajo (en esta zona de Nicaragua construyen las casas sobre columnas) y se refugiaron fuera “agarrados a un poste”. Un tronco destruyó su vivienda (“aún está ahí”) pero toda la familia está a salvo.

Imagen: Una de las familias en Sasha que lo ha perdido todo en lo que antes era el dormitorio. Autor: David Viñuales / Oxfam
Después de perderlo todo, esta familia se ha visto obligada a ir a refugiarse a la escuela local de la comunidad de Sahsa, en el nordeste del país.
© David Viñuales / Oxfam
Cinco familias tienen que vivir en un aula de la escuela local en la comunidad de Sahsa, compartiendo el espacio y la fustración por las pérdidas.
© David Viñuales / Oxfam

Mientras me habla observo que lleva los restos de una tortilla en el bolsillo de la camisa. “Pa’ después”, me dice. Tiene que guardar algo porque no sabe cuando llegará el siguiente camión con ayuda alimentaria. Pero el problema es que su situación se alargará, al igual que la de sus vecinos porque las cosechas se han echado a perder.

El arroz se plantó en mayo, con la sequía, ésta no iba a ser una buena temporada. Pero ahora se perdió por completo. El maíz estaba a punto de ser recogido, pero el viento tumbó las plantas y el agua pudrió las que podrían haber sido las semillas. El frijol, el frijol se pudre con un poco de agua de más. ¡Y recibió la de todo un huracán!

Imagen: Christopher Rosales cortando madera. Autor: David Viñuales / Oxfam
A Aurelio Membreño no le ha quedado nada de lo que tenía en la comunidad de Bocana de Waspado. El arroz, el maíz, la yuca, todo está tirado en el suelo. “Mi esposa, mis tres hijos y yo nos protegimos bajo una planta de banano”. Los cinco salvaron sus vidas.
© Humberto Meza / Intermón Oxfam
Christopher Rosales recoge madera para poderla usar en la reconstrucción de su hogar. Él vivía en una casa de un cuarto junto a su mujer y sus dos hijos. Ahora, no tiene trabajo y sus cultivos se han echado a perder. ¿Qué vamos a hacer?, se pregunta a sí mismo.
© David Viñuales / Oxfam

“Necesitamos semillas, pero aún así no cosecharemos hasta abril”, me dice Marvin Zamora. Pero no es lo único que necesitan. “Comida, agua y plásticos para los techos de las casas. Hay gente que duerme sin techo bajo la lluvia”. Marvin no duerme en el albergue de la comunidad de Las Breñas. Aunque su casa fue golpeada, su familia puede dormir bajo un techo.

Quizá el número de muertos no haya alcanzado las cifras de grandes titulares (¡¿cómo es posible que las catástrofes se conviertan en noticias de portada únicamente por el número de cruces en el cementerio?!), pero las consecuencias para algunas de las poblaciones más vulnerables de Nicaragua pueden ser devastadoras.


11 de septiembre: ¿Qué les quedó? Nada

Parece una escalera al cielo. Pero es la deprimente imagen de los restos de la casa de una familia. Cuatro postes, una escalera de cuatro peldaños y el suelo. Eso es todo lo que quedó en la casa después de que un huracán de categoría cinco (Félix se llamaba) pasará a visitarlos.

Carlos Maybet lo ha perdido todo. De su casa sólo le ha quedado el suelo.
Ahora tiene que vivir también en un aula de la escuela local de Sahsa.
© David Viñuales / Oxfam

Rosalba tuvo suerte de que su mamá viviera cerca. Pudo irse con sus cuatro hijos a casa de su madre y allí aguantó. Más o menos, 50 personas se cobijaron en lo que podría llamarse una bodega. “En cuanto bajo un poco, salimos corriendo de allí y pasamos el resto del tiempo en la escuela”, comenta con su hijo William en brazos.

Vieron volar de todo. Troncos, maderas, chapas de zinc. Por fortuna no les pasó nada. Por fortuna, Marcela Collins, la mamá, es comadrona de la organización Acción Médica Cristiana. En mitad del huracán tuvo que atender un parto, me lo cuenta como si dar a luz en semejantes condiciones fuera algo normal. “La niña nació bien”, asegura.

Imagen: La escuela destrozada. Autor: Humberto Meza / Intermón Oxfam
La escuela de Kukalaya ha quedado totalmente inservible tras el paso del huracán.
© Humberto Meza / Intermón Oxfam

La casa de Marcela fue la única que aguantó de todas las que le rodean. Tenía el techo recién puesto y para asegurarlo, la familia actuó unida y ataron las planchas de zinc con cuerdas. No se perdió ni una.

Sus vecinos no tuvieron tanta suerte. La respuesta se repite ante la misma pregunta: “¿Qué les quedó? Nada”, dicen. Sólo hace falta echar un vistazo para corroborar sus palabras.

Imagen: Una niña recoge agua de lluvia. Autor: David Viñuales / Oxfam Imagen: Unos niños miran a cámara desde lo que ha quedado de su casa. Autor: Humberto Meza / Intermón Oxfam

El agua se ha convertido en uno de los principales problemas en la región nicaragüense devastada por el huracán. Los ríos y las aguas de los pozos están contaminadas y la lluvia es la única forma, para muchas personas, de conseguir agua ‘potable’.
© David Viñuales / Oxfam

A lo largo del río Kukalaya hay muchas comunidades que han sido golpeadas por el huracán Félix. En algunos lugares es muy difícil llegar para entregar la ayuda. Desde el agua es fácil ver el impacto sobre las casas locales.
© Humberto Meza / Intermón Oxfam

La lluvia no pierde su cita durante todos estos días. Desde el camino veo a una niña que se estira para recoger en una jarra agua de lluvia. Ya ha recogido más de tres litros en un cubo. Es el único agua que pueden usar. La del pozo está contaminada. Por el río bajan peces muertos. Saben que eso no es una buena señal.

Pero la lluvia también está arruinando el suelo. Tanta agua no es buena para la cosecha que viene, dicen. Pero tampoco tienen semillas para plantar. Se las llevó la lluvia. Qué ironía.


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